Hoy también fue un día soleado

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Fernando Sánchez Castillo

 

Esta muestra personal de Fernando Sánchez Castillo está dedicada a los trágicos sucesos del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Se basa en su investigación de materiales de todo tipo sobre la masacre –documentos, fotos, videos, archivos— y en la re-representación y re-actuación artística de algunos de ellos, potenciando y reelaborando sus sentidos. Todas las obras han sido concebidas y comisionadas especialmente para la exhibición.

Sánchez Castillo lleva adelante una obra excepcional. Otros artistas han trabajado con los monumentos, pero han tendido a hacerlo abordándolos como tema, criticando su contenido, ironizando sus formas y estética, o incluso interviniendo directamente en monumentos reales. Hasta donde sé, Sánchez Castillo es el único cuya poética misma se basa en la retórica, las convenciones, las técnicas, y los instrumentos de representación de los monumentos. El desarrolla, a menudo con humor, una crítica radical del discurso monumentario para desarticular sus operaciones de poder y representación.

Más allá, su deconstrucción de los monumentos es sobre todo un medio para indagar en las contradicciones de la historia, subvirtiendo las representaciones y manipulaciones del relato oficial, desmitificando sus cánones, héroes, discursos y verdades establecidos. La historia es en verdad su gran tema, y el suele abordarla –como en este caso— a través de los documentos que han permitido construirla y representarla. El artista ha dicho que le interesan “las intrahistorias de la historia”, por poseer mayor profundidad que las versiones preparadas para el consumo público. Su arte es un intento de reescribir los relatos de la historia, o al menos de sensibilizarnos ante sus complejidades y vestigios, mostrando cómo la historia es construida desde el poder.

La pieza más espectacular que aquí expone continúa su serie de monumentos a héroes anónimos, una paradójica “canonización” de figuras históricas ignoradas por la representación hegemónica. Su obra más conocida dentro de esta serie es una estatua colosal del llamado Tank Man, aquel desconocido que enfrentó y detuvo una columna de tanques de guerra en las proximidades de la Plaza de Tian’anmen, en Beijing en 1989, el día después de aquella otra masacre. Aquí el artista presenta una estatua magna –sólo un centímetro menor que el David de Miguel Ángel— de un estudiante anónimo detenido durante los sucesos, tomada de una foto de la época. Como en el caso del Tank Man, es un héroe ignoto, de espaldas, de quien no conocemos el rostro real. Varias fotos han documentado cómo los detenidos en Tlatelolco eran humillados por las fuerzas represivas al obligarlos a bajarse los pantalones para comprobar que no estaban armados, colocándolos en una situación de desamparo físico y moral. La representación grandiosa de uno de estos estudiantes desconocidos crea una fricción paradójica al monumentalizar a una víctima indefensa, forzada a una situación bochornosa, en vez de encumbrar en poses de gloria a un héroe o un caudillo victoriosos, invirtiendo así la retórica conmemorativa oficial. La estatua llama además la atención acerca de un hecho menos subrayado, pero muy importante, en la represión en Tlatelolco: la gran cantidad de personas que fueron encarceladas durante y después de los sucesos.

En otra sala artesanos oaxaqueños tejen laboriosa y lentamente, en un telar tradicional, una alfombra de gran tamaño. El tapiz reproducirá un plano de la Plaza de las Tres Culturas donde se señala la ubicación de francotiradores situados en varios edificios, y la dirección de sus disparos. El diagrama apareció entre los papeles del general Marcelino García Barragán, Secretario de Defensa Nacional en la época de la masacre, entregados por su familia al periodista Julio Scherer, siguiendo la voluntad póstuma del militar. Con él se documenta la acción de estos francotiradores de civil que, gracias a los papeles del general y otras fuentes, hoy sabemos eran oficiales del Estado Mayor Presidencial y miembros del Batallón Olimpia. Ellos llevaron adelante una operación encubierta –tejida al más alto nivel— para provocar al ejército a reprimir violentamente a los estudiantes, disparando tanto contra los uniformados como contra los manifestantes. El diagrama muestra pues el gatillo secreto que provocó la masacre, el núcleo de una trama todavía misteriosa.

Un video presenta el vuelo de un dron sobre Tlatelolco que reproduce, a partir de la documentación existente, el de un helicóptero el día de los hechos, a manera de una re-actuación ficcional de la historia. Plasma además una acción lumínica en la plaza con bengalas rojas y verdes, como las que señalaron el inicio de la acción militar en 1968, que culmina con una luz blanca, componiendo simbólicamente los colores de la bandera de México, a manera de un homenaje póstumo. Se emplearon 43 granadas, número de víctimas mortales de los sucesos según los papeles del general García Barragán que, por significativa coincidencia, se corresponde con el número de estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa, extendiendo así el homenaje hasta las víctimas actuales de una historia que da vueltas.

La muestra se completa con otras piezas, documentos y materiales ilustrativos. Su título alude a una frase falsamente atribuida al comentarista de un noticiero, pero que ha quedado fijada en el imaginario de la masacre como figura elocuente de los ocultamientos de la historia.

Gerardo Mosquera

Curador invitado

 

 

 

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